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  MIRADA PSICOSOCIAL.  6 de marzo de 2017
¿Para qué trabajamos?
De luz se han de hacer los hombres, y deben dar luz. De la naturaleza se tiene el talento, vil o glorioso, según se le use en el servicio frenético de sí, o para el bien humano.
José Martí

Trabajamos para vivir, para soñar, para crecer, para expresarnos, para dejar un legado, para trascender y porque es necesario. Cuando trabajamos, creamos. Creamos historia, creamos memoria, creamos para otros y para nosotros. Tejemos un sinfín de realidades que van a ser usadas y compartidas por otras personas, por seres conocidos, por desconocidos, en fin, por el mundo.

Trabajar es una necesidad humana porque sin trabajo no hay creación, ya sea hacer un puente gigantesco o preparar una cena para dos personas, llevar el inventario de un supermercado o ejercer como presidente de una nación. Todos trabajamos, incluso más de lo que imaginamos (según cada persona y qué criterio apliquemos, pasamos incluso más de la mitad de nuestro tiempo trabajando). Si sacamos la cuenta nos pesaría saberlo - más aún si lo que hacemos no es lo que amamos hacer-  ya que se nos va allí buena parte de nuestra energía y nuestra existencia. Por eso es bien necesario que nos preguntemos por el sentido de esta actividad que nos ocupa toda la agenda, que nos lleva la vida.  Asimismo, un segundo abordaje que se impone –y que está íntimamente relacionado- es cómo lo estamos haciendo, cómo es mi relación con el trabajo. En la forma en que trabajamos, en cómo construimos esa forma de hacer y de vivir el trabajo, radica el secreto del bienestar en el trabajo. Un desafío y una necesidad. Sentirse bien con nuestro trabajo es en definitiva sentirnos bien con nosotros.

Trabajamos, y al trabajar transformamos la realidad cotidiana y el mundo cada día con nuestras acciones.

Hay una vieja historia que habla de tres albañiles que se dedicaban a sus tareas. Cuando se les preguntó qué hacían, uno de ellos respondió: “yo pongo ladrillos uno sobre otro”. Otro dijo: “yo construyo una pared”. Y el tercero respondió: “yo construyo una catedral”. Todos sabemos que los tres realizaban la misma tarea, sin embargo, cada uno le encontraba un sentido diferente a su trabajo. Una más reciente es la respuesta de una joven alumna que relató en una clase que ella no trabaja para hacer campañas en internet,  sino para salvar ballenas de la extinción, está en marketing digital de una ong de protección animal.

 

Creo, firmemente, que encontrarle un sentido al trabajo es una buena pista para encontrárselo a la vida. El trabajo nos transforma, nos moldea, significa mucho para todos nosotros, y ahora para las nuevas generaciones más aún: si no hay propósito y no hay gusto por lo que hacen no se conectan con él.

Muchos de ustedes se preguntarán: ¿y dónde queda el dinero en todo esto? Es cierto, trabajamos por dinero, al menos así responde la mayoría de las personas cuando se les pregunta esto, pero no podemos quedarnos en eso, porque merecemos que nuestra tarea sea edificante y tenga sentido. Estamos construyendo nuestro propio universo, el próximo –nuestro hogar, nuestra familia- y el circundante, el de todos y cada uno. De que lo hagamos y de cómo lo hagamos depende nuestro futuro y el de nuestros hijos. Y eso está escrito en nuestros genes.

Los seres humanos somos transformadores por naturaleza, vivimos transformando la realidad en la que vivimos, nuestro planeta, el pequeño hábitat que ocupamos, el hogar, la oficina, a nosotros mismos y a otros. Transformar y trabajar están íntimamente ligados. Trabajar es una forma de trascender, de estar y de ser.

Trabajamos para no pasar desapercibidos, para no morir tan fácilmente y para permanecer. También para expresar nuestro potencial y lo que somos, para cumplir con nosotros mismos y con la humanidad. Trabajamos para conectarnos más con nuestras posibilidades y sueños.

Trabajar es primordial, entendiendo al trabajo como las acciones que hacemos con plena conciencia, ética y moral. El trabajo dignifica a quien lo hace y a quien lo recibe. El trabajo va a favor de la vida y de todas las formas de su expresión. Combatir la mediocridad y la crisis de actitud hacia lo que hacemos es un aspecto importante para lograr organizaciones saludables también.

Todos de alguna manera deseamos en lo más íntimo que nuestro trabajo sea valorado, que aporte a la construcción de una realidad mejor para todos y, sobre todas, las cosas que le dé sentido a nuestra vida.

El trabajo nos brinda un espacio de aprendizaje de valores, donde cultivar diversas formas de ser, de sentir, por lo tanto de hacer, y así experimentar la vida en toda su riqueza, dejando huellas en el mundo.

El trabajo como una forma de trascender

En su obra La vida en busca de sentido Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco (fundador de la Logoterapia, preso sobreviviente en varios campos de concentración nazis), sostiene que una vida cuyo último y único sentido consiste en superarla o sucumbir, y cuyo sentido dependiera de la casualidad, no merece la pena ser vivida. De ahí la libertad espiritual que todos tenemos y que no se nos puede arrebatar, es la que hace que la vida tenga sentido y propósito.

Elecciones, acciones positivas que nos llevan a construir una forma de individuación personal, son parte del mundo del trabajo. Además el trabajo propicia  el encuentro y el vincularnos con los otros, por eso nos permite la comunión y la diferenciación, o sea la individuación mencionada que tanto necesitamos. Elegir qué deseamos hacer y cómo queremos ganarnos el sustento, haciendo qué con nuestro tiempo, es una característica exclusiva de los seres humanos y del hombre moderno. Es en el ejercicio de este poder que hacemos uso de la libertad. Nada de esto es muy fácil, ya que requiere conocernos, y animarnos a ser quienes ya somos, más allá de todas las expectativas y mandatos que se colocan en nuestra vida de parte de los otros y a veces de nosotros mismos.

Todos deseamos destacarnos en algo y encontrarle el sentido a la vida. El trabajo es un escenario posible para lograrlo.

La trascendencia es una necesidad en los seres humanos. Confirmar  que somos únicos, diferentes y valiosos aporta crecimiento y trascendencia. Es en el verdadero ejercicio de nuestros talentos que los que somos parte de la sociedad  hemos encontrado una forma de lograrlo. El hacer algo con nuestras propias manos, dedicación y poniendo en juego lo que nos gusta hacer para ganarnos nuestro salario es una forma de trascender, sino ¿qué es lo que hace un artista, un médico, un artesano o un ingeniero? Diferenciarse, crear y trascender a  través de su acción y creación humana.

La tarea de cada persona es una obra única, tan única como la persona misma.

Trabajamos para sentirnos seguros

A la vez que trascender, precisamos sentirnos seguros.  La búsqueda de seguridad es esencial para el ser humano. Necesita sentir que puede dominar su vida, ser independiente y autoabastecerse. De ahí que necesitamos saber y confirmar que podemos vivir de nuestro trabajo. Ya lo afirmaba Abraham Maslow[1], todos deseamos sentirnos seguros, tener un lugar donde llegar, donde refugiarnos de este mundo tan incierto.

Por eso, a veces, los espacios laborales, donde existe cierto grado de permanencia y estructura cotidiana, nos brindan seguridad. Está claro que esto es relativo; aunque necesario igual. Precisamos saber que en algún lugar nos esperan, nos necesitan, esperan cosas de uno; esto nos ayuda a construir nuestra identidad.

Esto no significa que no nos sintamos disgustados con estos espacios. Algunas veces detestamos a nuestros jefes, nos enojamos y criticamos a los clientes y a los compañeros, pero siempre y cada día regresamos a ese lugar, y si pensamos en irnos o dejarlo, porque ya nos tiene hartos, no nos resulta fácil, nos cuesta. Es necesario tener cierta seguridad cotidiana.

 

No obstante esta lógica búsqueda de seguridad, en el mundo laboral la identificación con el puesto o el rol a veces nos juega malas pasadas. He conocido a personas que dejan de serlo, y se transforman en lo que dice su tarjeta de presentación. La tarjeta personal debería ser algo que nos sume significado y agregue a nuestro patrimonio personal -como veremos en al capítulo final de la marca personal-  pero no nuestra total identidad. Depositar toda la seguridad en un cargo es un camino sin retorno: si nuestra autoestima depende de ella, estamos en serios problemas.

Trabajamos porque necesitamos reconocimiento

Ser reconocidos es sentirnos valiosos por lo que hacemos. Es saber que esa tarea que llevamos a cabo vale para los demás y alguien la tiene en cuenta.  El valor del reconocimiento para los seres humanos depende en gran parte de sus propias necesidades internas. Siempre necesitamos cierto nivel de reconocimiento, más aún en el trabajo, y éste se recibe de diferentes formas: puede ser por la paga o el salario, el cargo o puesto, las responsabilidades y hasta el nivel de poder que tenga en el rol.

El verdadero reconocimiento está dado por el bienestar con lo que hago y los resultados en esa interacción social humana cargada de sentido y valor. Sin embargo, la búsqueda de reconocimiento es un aspecto del trabajo por el cual se cometen muchos excesos. Queremos ser reconocidos y a veces pagamos un precio muy alto por eso, seguramente conocido por muchos. Este precio se paga en diversas monedas:

•             Niveles altísimos de estrés

•             Familias desintegradas.

•             Ausencias repetidas en momentos importantes para los seres queridos.

•             Hijos con padres ausentes y agotados.

•             Gastritis, colon irritable, infartos, contracturas y enfermedades varias.

•             Ataques de pánico y una variada lista de síntomas.

•             Insomnio y ansiedad.

•             Depresión

En efecto, no es fácil  decir que no a  algún proyecto o no aceptar algún puesto que nos ofrecen, aunque sepamos que no podremos cumplirlo sin hipotecar nuestra salud física, emocional, a veces nuestros vínculos afectivos, incluso nuestros valores. Pero no debemos perder de vista que trabajamos para desarrollar nuestra identidad. Trabajar es atrevernos a ser nosotros mismos. A través del trabajo usamos nuestra energía de manera positiva para contribuir a realizar “nuestra misión”, o al menos lo que creemos que tiene un sentido. La identidad es la expresión de nuestra profunda y auténtica esencia. Trabajar es salud, les deseo el mayor de los éxitos en este hermoso escenario que es el trabajo.

Mariela Marenco, es consultora, asesora de empresas y conferencista especializada en marketing y psicología organizacional, trabaja como asesora de empresas y es coordinadora académica del Departamento de Formación Empresarial de ADM, tiene una columna en radio y acaba de publicar con Editorial Penguim Random House para Grijalbo,  su tercer libro “Trabajar sin estrés es posible”. Su web es www.marielamarenco.com

 

 

[1] Psicólogo estadounidense, conocido por ser el creador de la jerarquía de las necesidades humanas o pirámide de Maslow. Según esta teoría psicológica, los seres humanos manifiestan una tendencia hacia la búsqueda de la satisfacción de sus necesidades básicas: fisiología, seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización.



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EL RATON DE LA GRANJA- Cuando pienses no es mi problema .. recuerda esto.

 

Un ratón, estaba tranquilamente mirando por un agujero en la pared, cuando vio a un granjero y a su esposa abriendo un paquete. En ese momento pensó, - ¿qué tipo de comida podía haber ahí -, pero quedó aterrorizado cuando descubrió que no era comida, sino una trampa para ratones.
Entonces fue corriendo al patio de la granja a advertir a todos: – ¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa! -.
La gallina, que estaba cacareando y escarbando en busca de una brizna de hierba, levanto la cabeza y dijo: – Discúlpeme Sr. Ratón, yo entiendo que es un gran problema para usted, pero a mí no me perjudica en nada, ni me incomoda la trampa para ratones -. 
El ratón fue hasta entonces a buscar al cordero y le dijo: – Hay una ratonera en la casa, ¡ una ratonera !. - Discúlpeme Sr. Ratón-, le respondió el cordero, - pero no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que sera recordado en mis oraciones.
Asustado el pequeño ratón se dirigió entonces a la vaca que le respondió: – ¿Pero acaso estoy yo en peligro?… pienso que no -. Aquella noche el ratón volvió a la casa, preocupado, sólo y triste, para enfrentarse a la ratonera del granjero, pero al llegar oyó un gran barullo, como el de una ratonera atrapando a su víctima.
Al oír el ruido la mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado. En la oscuridad, no vio que la ratonera lo que había atrapado era la cola de una serpiente venenosa. que velozmente le pico en la pierna. El granjero, que acudió a los gritos de su esposa, la llevo inmediatamente al hospital para que la curaran, pero de vuelta a casa aún tenía una fiebre alta.
El ratón, desde su agujero, observaba cómo el granjero cuidaba a su mujer. Y como todo el mundo sabe que para cuidar a alguien con fiebre, no hay nada mejor que una nutritiva sopa, vio como agarró un cuchillo de la cocina y fue a buscar a la gallina, que es el ingrediente principal para preparar una rica sopa.
Pero como la enfermedad de la mujer continuaba, la familia, los amigos y vecinos fueron a visitarla. El ratón vio como el granjero tuvo que matar al cordero para darle de comer a sus visitantes. Sin embargo y a pesar de todos los cuidados de su esposo, la mujer no mejoro y acabó muriendo. Entonces el pequeño ratón vio, desde su ratonera, como el granjero, para poder pagar los gastos del funeral, vendió la vaca a un hombre que se la llevó al matadero.
Cuando escuches que alguien tiene un problema y creas que ese problema no es tuyo o que no te afecta, y no le prestas atención… acuérdate de como acabaron la gallina, el cordero y la vaca y piénsalo dos veces, antes de darle la espalda.
Adaptación de un texto de Internet de autor anónimo.

 

EL ARBOL DE LAS PREOCUPACIONES.

 

Un rico comerciante contrató a un carpintero para restaurar una antigua casa colonial. Como el comerciante era de esas personas a las que les gusta tener todo bajo control y le preocupaba que el trabajo no quedase bien, decidió pasar un día en la casa, para ver cómo iban las obras.

 Al final de la jornada, se dio cuenta de queel carpintero había trabajado mucho, a pesar de que había sufrido varios contratiempos. Para completar el día de mala suerte, el coche también se negó a funcionar así que el empresario se ofreció para llevarle a casa.

 El carpintero no habló durante todo el trayecto, visiblemente enojado y preocupado por todos los contratiempos que había tenido a lo largo del día. Sin embargo, al llegar invitó al comerciante a conocer a su familia y a cenar, pero antes de abrir la puerta, se detuvo delante de un pequeño árbol y acarició sus ramas durante pocos minutos.

 Cuando abrió la puerta y entró en la casa, la transformación era radical: parecía un hombre feliz. La cena transcurrió entre risas y animada conversación. Al terminar la velada, el carpintero acompañó al comerciante al coche. Cuando pasaron por delante del árbol, este le preguntó:

 - ¿Qué tiene de especial ese árbol? Antes de entrar estabas enojado y preocupado y después de tocarlo eras otro hombre.

 - Ese es el árbol de los problemas – le respondió el carpintero. – Soy consciente de que no puedo evitar los contratiempos en el trabajo pero no tengo por qué llevarme las preocupaciones a casa.Cuando toco sus ramas, dejo ahí las preocupaciones y las recojo a la mañana siguiente, cuando regreso al trabajo. Lo interesante es que cada mañana encuentro menos motivos para preocuparme que los que dejé el día antes. 

 Esa noche, el rico comerciante aprendió una de las lecciones más valiosas de su vida.

   Reflexión:

Aprender a soltar las preocupaciones diarias puede parecer una habilidad difícil, pero con práctica puede conseguirse y convertirse en un  hábito que nos permitirá disfrutar mejor de nuestra vida.

 Las preocupaciones son como montar en una bicicleta estática: cansan pero no llevan a ninguna parte. Cargar con la mochila de preocupaciones durante todo el día genera estrés,angustia, ansiedad y gran malestar, creándose una bola cada vez más grande que fomenta la irritabilidad y la negatividad... además de impedirnos disfrutar del presente. 

 Pero lo bueno es que podemos practicar y fomentar habilidades que nos permitan "soltar lastre" diariamente. podemos crear nuestro propio "árbol de las preocupaciones": hacer deporte, practicar relajación, meditación,  ejercicios mentales, etc. 

 Plantemos nuestro arbol de las preocupaciones y recordemos abrazarlo cada día.

 

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