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  20 de septiembre de 2019
Saber escuchar, de verdad.
Parece sencillo pero escuchar también significa aparcar todos nuestros pensamientos y prejuicios. Significa escuchar mucho más allá de las palabras.

Max lo tenía todo cuidadosamente preparado para recibir a sus amigos. Había citado a Marta, Alberto y Clara, las tres personas con las que había mantenido una relación más estrecha en los últimos años.

Era una cita muy especial, porque, aunque ellos no lo sabían, se trataba de una despedida. Una gran maleta aguardaba en su habitación, preparada para su partida al día siguiente.

Marta y Alberto fueron los primeros en llegar. Venían de la ciudad y se preguntaban el porqué de aquella misteriosa cita que habían recibido aquella misma mañana. Tampoco Clara, que llegó a los pocos minutos desde el pueblo, tenía ni la más remota idea del motivo de aquel inesperado encuentro.

Nada más entrar en la casa, Marta detectó una mirada extraña en Max. Su sonrisa estaba impregnada de nostalgia, y tenía un brillo especial en los ojos. Aquella expresión le hizo sospechar que algo importante pasaba. Incapaz de esperar a que decidiera revelarles el motivo de la cena, le preguntó:

 

–Max, ¿qué te traes entre manos?

Tras unos instantes de duda, Max decidió no prolongar la incertidumbre y, con voz serena, anunció:

–Veréis, os he citado a vosotros tres porque durante estos cinco años, y por distintos motivos, he mantenido con cada uno de vosotros una relación muy especial. Y quería que estuvierais a mi lado en mi noche de despedida.

Marta, Alberto y Clara se quedaron de piedra. Sus caras reflejaban una mezcla de incredulidad y angustia. Clara logró articular las primeras palabras:

–¿Despedida?

–Sí, así es. Me voy mañana. Dejo mi refugio y me voy a pasar una larga temporada fuera.

–¿Fuera? ¿Dónde? –preguntó Marta con la esperanza de que su viejo amigo no marchara muy lejos.

–A Inglaterra. La universidad me ha invitado. De hecho, me han ofrecido volver a ejercer de profesor. El compromiso es por un mínimo de dos años...

–Inglaterra... –suspiró Alberto.

No sabían qué decir. Se alegraban por Max, por supuesto. Era una magnífica oportunidad y sabían que la disfrutaría. Pero sentían un profundo vértigo. Se habían acostumbrado a tenerlo cerca y disponible en todo momento, y, de repente, Max se marchaba. Marta rompió el tenso silencio:

–Max, te echaremos de menos.

–Lo sé, y me halaga que me lo digas. Yo también os añoraré. Pero siento que es mi último tren y que aún tengo la energía para cogerlo.

Se sentaron a cenar, aunque la noticia los había dejado sin apetito. Pero en seguida lograron recuperar el ánimo cuando empezaron a rememorar los episodios vividos en los últimos cinco años: desde aquel impulsivo primer viaje de Marta, que se presentó en casa de Max sin avisar tras años de silencio, hasta los desayunos de los viernes con Clara, pasando por ese día en que Alberto vio a Max dando una conferencia con el jersey que le habían regalado y del cual no les había dado las gracias...

A su lado habían aprendido a comunicarse y a comprenderse ellos mismos mejor, pero sentían que les quedaba aún muchísimo por aprender. Al final de la cena, Clara tomó la palabra:

–Max, has sido un maestro extraordinario. Yo personalmente he aprendido muchos de los secretos de la comunicación, pero si te soy sincera, me quedo con las ganas de descubrir muchas de las habilidades necesarias para construir buenas relaciones con los demás. Siento que ahora me tocará aprender sola, y no estoy segura de ser capaz de hacerlo...

–Yo también tengo esta sensación –dijo Alberto, viendo cómo Marta se añadía al grupo moviendo afirmativamente la cabeza.

Max se apresuró a tranquilizarlos:

–Os conozco y sé que podéis continuar el camino solos. Pero como no quiero perder el contacto con vosotros, me permitiré guiaros, aunque tendréis que descubrir el camino por vosotros mismos.

Empezaba a salir a la luz el Max de siempre, con sus pequeños juegos para hacer que los demás descubran las cosas sin consejos ni grandes lecciones.

–¿Y cómo nos guiarás? –le preguntó Clara.

–Veréis, hay unas habilidades básicas que os animo a desarrollar para construir buenas relaciones. Deberéis descubrirlas, reflexionar sobre ellas y determinar hasta qué punto las ponéis en práctica. Una vez integradas, vuestras relaciones crecerán sin límites.

–¿Y cómo las descubriremos?

–No os preocupéis por eso ahora. Os garantizo que tendréis pronto noticias mías...

El resto de la velada pasó entre las risas y la nostalgia. Cuando Marta, Alberto y Clara decidieron marcharse, la despedida fue, esta vez sí, muy intensa. Iba a pasar mucho tiempo antes de poder verse de nuevo, y ninguna comunicación por correo o por teléfono podría sustituir la intensidad de aquellos encuentros o la ternura de aquel último abrazo.

Habían pasado ya dos semanas desde la marcha de Max y los tres amigos habían vuelto inevitablemente a sus rutinas diarias. Por eso, Clara tuvo una gran alegría al ver que tenía un correo de Max. Lo abrió inmediatamente y, para su sorpresa, solo contenía una enigmática frase:

“Sé que crees entender lo que piensas que yo dije. Pero lo que tu oíste no era lo que yo quería decir”.

¿Qué significaba aquel mensaje? Clara estaba desconcertada, pero no tardó en atar cabos y en recordar que Max los había animado a descubrir las principales habilidades para construir relaciones y les había asegurado que estaría con ellos en el proceso.

Aquella debía de ser, sin duda, la primera pista para descubrir la primera habilidad.

Releyó la frase varias veces. Tuvo la tentación de llamar a Marta para pedirle ayuda, pero se dio cuenta de que Max había enviado el mensaje solo a ella, con lo que se sentía en la obligación de resolver el enigma antes de compartirlo con sus amigos.

Tras una larga reflexión, se dio cuenta de que aquellas palabras no le eran en absoluto ajenas. Se las podrían haber dicho tras cualquiera de sus conversaciones con la familia, los amigos u otras personas de su entorno. De repente, lo vio claro:

Max volvía a la carga con el gran caballo de batalla de Clara, la escucha. La verdadera escucha. Aquella tenía que ser sin duda la respuesta.

A Clara le costaba mucho escuchar. Y esto la convertía en una mala compañera de viaje para los demás. Le ponía voluntad y la mejor de las intenciones, pero no escuchaba de verdad.

En primer lugar, porque se quedaba siempre con las primeras impresiones: no escuchaba lo que la gente le decía sino lo que ella pensaba que le dirían a tenor de las primeras palabras. Incluso reconocía que, con determinadas personas, los prejuicios la llevaban a formarse una idea totalmente equivocada de lo que le fueran a decir.

Reconocía que su falta de paciencia le perjudicaba en la escucha: se acogía a las primeras palabras para preparar ya su respuesta, y así ganar tiempo. La mayoría de las veces, esta respuesta poco tenía que ver con el verdadero problema de la persona que tenía delante.

Y también sabía que, en última instancia, había un motivo muy íntimo y personal que le impedía escuchar de verdad al otro: el miedo. Tenía miedo a asumir las consecuencias de lo que podía escuchar, por lo que prefería tomar la palabra y no soltarla.

Por todo ello, y como decía la frase de Max, el otro sentía que Clara no había oído lo que le había querido decir.

A menudo, cuando Clara debía escuchar, no dejaba de pensar en sus cosas, de responder al teléfono en plena conversación con otro o de mirar de reojo los mensajes en su teléfono. Aquella no era una forma de transmitir a su interlocutor que estaba dispuesta a escucharle de verdad.

Sintiendo el peso de la evidencia, se dedicó a hacer una lista de lo que se proponía hacer en pro de la verdadera escucha. La lista incluía cosas como:

  • Aparcar su vida personal y sus pensamientos para centrar toda su energía en el otro.
  • Adoptar una postura de escucha activa.
  • Dejar que el otro hable lo suficiente para descubrir de verdad lo que le ocurre.
  • Observar el tono de voz y descubrir el sentimiento detrás de las palabras.
  • Escuchar con los ojos y detectar todo lo que las palabras no pueden explicar.
  • Dejar espacio y tiempo para que el otro se exprese en la totalidad.

Aquella noche, tras haber reflexionado profundamente sobre el tema, envió un escueto mensaje a Max, mandando una copia a Alberto y Marta. Decía:

“Querido maestro, para oír lo que de verdad querías decir, necesito, ante todo, tener la habilidad de escuchar. Escuchar lo que me dices y, sobre todo, lo que no me dices. Esta debe ser, sin duda, nuestra primera habilidad”.

Los tres amigos no tardaron en recibir la confirmación de Max:

“Nada se aprende hablando, y sí, en cambio, escuchando. Escuchar es la primera gran habilidad para construir una buena relación. Escuchar con los ojos, aparcando el ruido interior y existiendo solamente para el otro. Dice la sabiduría popular que, si Dios nos hizo con dos orejas y una boca, es porque quería que escuchásemos el doble de lo que hablamos, cosa que desde hoy os animo a hacer”.

El mensaje incluía una posdata, en la que el viejo profesor ironizaba sobre su llegada a Inglaterra:

“Mi aterrizaje está siendo todo un reto. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. Me esfuerzo en escuchar, pero, con mi oxidado inglés, mi verdadero problema es entender...”

 


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EL RATON DE LA GRANJA- Cuando pienses no es mi problema .. recuerda esto.

 

Un ratón, estaba tranquilamente mirando por un agujero en la pared, cuando vio a un granjero y a su esposa abriendo un paquete. En ese momento pensó, - ¿qué tipo de comida podía haber ahí -, pero quedó aterrorizado cuando descubrió que no era comida, sino una trampa para ratones.
Entonces fue corriendo al patio de la granja a advertir a todos: – ¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa! -.
La gallina, que estaba cacareando y escarbando en busca de una brizna de hierba, levanto la cabeza y dijo: – Discúlpeme Sr. Ratón, yo entiendo que es un gran problema para usted, pero a mí no me perjudica en nada, ni me incomoda la trampa para ratones -. 
El ratón fue hasta entonces a buscar al cordero y le dijo: – Hay una ratonera en la casa, ¡ una ratonera !. - Discúlpeme Sr. Ratón-, le respondió el cordero, - pero no hay nada que yo pueda hacer, solamente pedir por usted. Quédese tranquilo que sera recordado en mis oraciones.
Asustado el pequeño ratón se dirigió entonces a la vaca que le respondió: – ¿Pero acaso estoy yo en peligro?… pienso que no -. Aquella noche el ratón volvió a la casa, preocupado, sólo y triste, para enfrentarse a la ratonera del granjero, pero al llegar oyó un gran barullo, como el de una ratonera atrapando a su víctima.
Al oír el ruido la mujer del granjero corrió para ver lo que había atrapado. En la oscuridad, no vio que la ratonera lo que había atrapado era la cola de una serpiente venenosa. que velozmente le pico en la pierna. El granjero, que acudió a los gritos de su esposa, la llevo inmediatamente al hospital para que la curaran, pero de vuelta a casa aún tenía una fiebre alta.
El ratón, desde su agujero, observaba cómo el granjero cuidaba a su mujer. Y como todo el mundo sabe que para cuidar a alguien con fiebre, no hay nada mejor que una nutritiva sopa, vio como agarró un cuchillo de la cocina y fue a buscar a la gallina, que es el ingrediente principal para preparar una rica sopa.
Pero como la enfermedad de la mujer continuaba, la familia, los amigos y vecinos fueron a visitarla. El ratón vio como el granjero tuvo que matar al cordero para darle de comer a sus visitantes. Sin embargo y a pesar de todos los cuidados de su esposo, la mujer no mejoro y acabó muriendo. Entonces el pequeño ratón vio, desde su ratonera, como el granjero, para poder pagar los gastos del funeral, vendió la vaca a un hombre que se la llevó al matadero.
Cuando escuches que alguien tiene un problema y creas que ese problema no es tuyo o que no te afecta, y no le prestas atención… acuérdate de como acabaron la gallina, el cordero y la vaca y piénsalo dos veces, antes de darle la espalda.
Adaptación de un texto de Internet de autor anónimo.

 

EL ARBOL DE LAS PREOCUPACIONES.

 

Un rico comerciante contrató a un carpintero para restaurar una antigua casa colonial. Como el comerciante era de esas personas a las que les gusta tener todo bajo control y le preocupaba que el trabajo no quedase bien, decidió pasar un día en la casa, para ver cómo iban las obras.

 Al final de la jornada, se dio cuenta de queel carpintero había trabajado mucho, a pesar de que había sufrido varios contratiempos. Para completar el día de mala suerte, el coche también se negó a funcionar así que el empresario se ofreció para llevarle a casa.

 El carpintero no habló durante todo el trayecto, visiblemente enojado y preocupado por todos los contratiempos que había tenido a lo largo del día. Sin embargo, al llegar invitó al comerciante a conocer a su familia y a cenar, pero antes de abrir la puerta, se detuvo delante de un pequeño árbol y acarició sus ramas durante pocos minutos.

 Cuando abrió la puerta y entró en la casa, la transformación era radical: parecía un hombre feliz. La cena transcurrió entre risas y animada conversación. Al terminar la velada, el carpintero acompañó al comerciante al coche. Cuando pasaron por delante del árbol, este le preguntó:

 - ¿Qué tiene de especial ese árbol? Antes de entrar estabas enojado y preocupado y después de tocarlo eras otro hombre.

 - Ese es el árbol de los problemas – le respondió el carpintero. – Soy consciente de que no puedo evitar los contratiempos en el trabajo pero no tengo por qué llevarme las preocupaciones a casa.Cuando toco sus ramas, dejo ahí las preocupaciones y las recojo a la mañana siguiente, cuando regreso al trabajo. Lo interesante es que cada mañana encuentro menos motivos para preocuparme que los que dejé el día antes. 

 Esa noche, el rico comerciante aprendió una de las lecciones más valiosas de su vida.

   Reflexión:

Aprender a soltar las preocupaciones diarias puede parecer una habilidad difícil, pero con práctica puede conseguirse y convertirse en un  hábito que nos permitirá disfrutar mejor de nuestra vida.

 Las preocupaciones son como montar en una bicicleta estática: cansan pero no llevan a ninguna parte. Cargar con la mochila de preocupaciones durante todo el día genera estrés,angustia, ansiedad y gran malestar, creándose una bola cada vez más grande que fomenta la irritabilidad y la negatividad... además de impedirnos disfrutar del presente. 

 Pero lo bueno es que podemos practicar y fomentar habilidades que nos permitan "soltar lastre" diariamente. podemos crear nuestro propio "árbol de las preocupaciones": hacer deporte, practicar relajación, meditación,  ejercicios mentales, etc. 

 Plantemos nuestro arbol de las preocupaciones y recordemos abrazarlo cada día.

 

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